Diego Méndez

En piragua desde Jamaica a La Española

Enterado el rey Católico de semejante hazaña, le hizo mercedes, e le dio por armas la misma canoa, por ejemplo de su lealtad. E sin duda, en aquellos principios, meterse un hombre en la mar con sus enemigos, seyendo como son tan grandes nadadores, y en barca o pasaje tan peligroso e incierto, fué cosa de grande ánimo y de señalada lealtad e amor que a su señor tuvo (Gonzalo Fernández de Oviedo. Lib. III, cap. IX).

Va de piloto y de escribano mayor con Colón en su cuarto viaje a las Indias (abril 1502- noviembre 1504) pero su figura destaca extraordinariamente a partir de que el Almirante entra  en la bahía de Saint Ann, al norte de Jamaica, con solo dos carabelas en muy mal estado. Viéndose imposibilitado de seguir navegando con ellas, después de consultar a sus hombres más cualificados, Colón decide enviar en dos canoas indígenas a dos hombres de su entera confianza, para que se dirigieran a la isla de Santo Domingo a pedir auxilio.

 

Después de muchas consultas, determinó el Almirante enviar a La Española a decir que se había perdido en aquella isla y que le enviasen un navío con municiones y bastimentos. Para esto eligió a dos personas de quien se fiaba mucho, y que lo ejecutarían con gran fidelidad y con grande valor. Hernando Colón, Historia del Almirante. Cap. CI.

 

Y dice la crónica con grande valor, por que las piraguas eran muy pequeñas, construidas con un tronco de madera vaciado y sin francobordo alguno, pero lo que es peor, con ellas tenían que navegar 105 millas en contra de corrientes y vientos nunca favorables. Fácil es de imaginar la enorme dificultad que presentaba esta travesía, por lo que únicamente unos marinos tremendamente experimentados y llenos  de valor podrían como mínimo intentarlo. Que lo consiguieran ya era otro cantar, pues dependerían en todo momento de la meteorología y, por qué no decirlo, de la suerte. El hijo del Almirante nos describe así como eran las dos embarcaciones:

Piloto nacido en algún lugar de la ribera del río Tinto, pues así aparece enrolado en la carabela Santiago, una de las cuatros naves que componían la armad de Colón en su cuarto viaje al Nuevo Mundo. Algunos lo consideran sevillano, y otros de Santo Domingo, porque otros documentos lo citan como vecino de estas dos ciudades, pero simplemente como vecino y cuando llevaba muchos años navegando. Y ya hemos visto al principio de este trabajo, que fueron muchos los nacidos en  Palos y Moguer, que abandonaron sus pueblos para dedicarse a la navegación a Indias, y que algunos de ellos, trasladaron su residencia a ciudades como Sevilla, lugar donde se fraguaban todas las expediciones que salían a descubrir. Pero esto no quiere decir que no fueran naturales de Palos o de Moguer, ni que allí no pasaran su infancia y parte de su juventud, por lo tanto los tendremos que considerar como onubenses se afincaran donde se afincaran.

Digo con gran valor, porque parecía temerario el paso de una isla a otra, e imposible hacerle en canoas, como era necesario, porque son barcas de un madero cavado, como queda dicho, y hechas de modo que, cuando están muy cargadas, no salen una cuarta sobre el agua. (Ibídem)

 

El Almirante elige a Diego Méndez para llevar a cabo tan difícil empresa, y al mismo tiempo tan fundamental para el buen fin de la armada, al que acompañan seis españoles y diez indios y, en la otra piragua, el mismo número de hombres, mandados por el genovés Bartolomé Fiesco:

 

Señor, le dijo el intrépido Méndez, "no tengo más que una vida que perder, pero la arriesgo contento por el servicio de vuestra Señoría y por el bien de todos los que aquí están. Y espero en Dios que vista la intención con que yo lo hago me librara, como otras muchas veces lo ha hecho”. P. Angel Ortega. La Rábida. Historia Documental Crítica. Tomo II. pág. 337.

 

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Travesía primero en canoa y después a pie llevada a término por Diego Méndez desde Jamaica hasta Santo Domingo.

Se le encarga a Méndez que, si consigue llegar a Santo Domingo, envíe inmediatamente a una nave para que les socorra. La incertidumbre que se vive a la partida de las canoas es tremenda. Por un lado los arrojados marinos que se van temen por su vida, y por otro lado, Colón y sus hombres saben que, de no alcanzar Méndez su objetivo, pueden morir de inanición en esta bahía, pues las posibilidades de que apareciera por allí una nave española eran muy remotas. Por ello, le dicen a Fiesco que, inmediatamente que llegara, le trajera noticias:

 

Y no estuviésemos con dudas y temores de si le habría sucedido alguna desgracia, la cual debía temerse mucho, considerada, como hemos dicho, la poca resistencia de una canoa en cualquier alteración de mar, y especialmente yendo en ella cristianos; porque de ir indios solos, no se corría peligro tan grande, pues son tan diestros, que, aunque se les anegue la canoa en medio del mar, la vuelven a tomar, nadando, y se meten en ella. Hernando Colón. op.cit.  Cap. CI.

 

No se podía presentar un cuadro más desolador ante estos hombres, pero a pesar de ello siguen adelante con su resolución y se echan a la mar, costeando el litoral de Jamaica, hasta llegar, después de navegar 33 leguas, al cabo Morant, la punta más a levante de esta isla. Desde allí se internan en las aguas del Caribe para ir en busca de Santo Domingo:

 

Embravecido ya el mar, se embarcan en la canoa, de escollo en escollo, de roca en roca, maltratados por las olas por la pequeñez y la forma de su navecilla; al fin aportó Diego Méndez a la última punta de La Española, que distaba de Jamaica cuarenta leguas. Pedro Mártir de Anglería. Décadas del Nuevo Mundo. Década III. cap.IV.

 

Como para atravesar de una isla a otra era menester navegar 250 leguas, sin haber en el camino, sino una isleta o escollo que dista ocho leguas de La Española, fue necesario, para pasar aquel mar semejantes bajeles, que esperasen una gran calma, la que plugo a Dios que viniese en breve. Habiendo metido cada indio en las canoas su calabaza de agua, algunas especias de que usan y cazabe, y entrados en ella los cristianos con sus rodelas, espadas y bastimentos que necesitaban, se echaron al mar.  Hernando Colón. op. cit.  Cap. CI.

 

Remando sin cesar, van ganando millas y agotamiento, teniendo además que sufrir el efecto del fuerte sol tropical: el trabajo y la calma eran insoportables; cuanto más  se levantaba el sol, en el día segundo de su partida, tanto más crecía el calor y la sed de todos.  Hernando Colón. op. cit.  Cap. CV.

 

Pero la suerte esta vez les es favorable, y cuando más sedientos estaban les llegan hasta ellos dos barriles llenos de agua que se encontraban flotando a la deriva en medio de la mar. A pesar de ello siguen sufriendo hasta tal punto que, venida la tarde, habiendo echado al mar uno que había muerto de sed, estando otros tendidos en el suelo de la canoa, se hallaron tan atribulados de espíritu, tan débiles y sin fuerzas, que apenas adelantaban. (Ibídem)

 

A la mañana siguiente del fallecimiento de este español, llegan al islote llamado Navaza, que está a unas 35 millas de la Española, donde desembarcan para descansar, pero sin poder tomar nada de alimento ni agua dulce, por ser tierra rocosa sin vegetación alguna. Al anochecer, y aprovechando que la mar estaba en calma, vuelven a subir a sus canoas y reemprender el viaje. Al siguiente día ponen pie en La Española. Desde aquí, marchando al principio con la canoa, y luego atravesando montes y malos caminos, Méndez logra entrar en el pueblo de Xaraguá, donde se encontraba el gobernador español. Desde aquí y después de múltiples gestiones, consigue enviar al Almirante un carabelón cargado de vituallas, con lo que salvan la vida los supervivientes de tan trágica aventura.

© 2020 Última actualización: 26-mar-2020

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