Diego de Nicuesa

Un conquistador malaventurado

Nicuesa brilló como un meteoro sobre el horizonte, con luz fatídica, para hundirse después en las tinieblas de lo desconocido (López de Gomara).

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Todas aquellas personas que hayan visitado la zona por la que se tuvo que desplazar Nicuesa con su gente, podrán comprender lo duro que tuvo que ser para los europeos caminar por el istmo de Panamá: las temperaturas son altísimas, su humedad se acerca en muchos casos al 100%, sus tierras son pantanosas, cuando llueve es torrencialmente, y su agobiante vegetación acoge a un sinfín de insectos que atacan despiadadamente al hombre.

Pasa a las Indias en 1502 formando parte del séquito del gobernador Nicolás de Ovando. Estando allí, y sabiendo que sus buenas relaciones con la Corte le iban a ser muy útiles —había pertenecido al círculo de colaboradores de don Enrique Henríquez, tío carnal del rey Fernando II el Católico— solicita, y le es otorgada, la gobernación de Castilla de Oro, el Darién y Veragua.

Miembro de una familia hidalga de Baeza. Después de mil aventuras por las Indias, parece ser que fallece en Cuba en 1511.

Las capitulaciones que fueron asentadas se iniciaban así: El asistente por mí mandado que se tomó con vos Diego de Nicuesa y en nombre de Alonso de Ojeda para ir a la tierra de Urabá e Beragua es esto: que podais yr con los navíos que quisierdes llevar a vuestra costa e minsión al golfo  y tierras de Urabá y Beragua para hacer en ellos los asientos que esta capitulación serán contenidos.

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El periplo de Diego de Nicuesa entre 1509 y 1511.

Se le pide a Nicuesa que traiga, entre otras cosas, oro, e plata e guarnines y otros metales, e alfojar y piedras peciosas, y perlas, e monstruos e serpientes y animales, e pescado e aves, espeçería y de otro género y droguería. 

Se le señala  que no podáis traer esclavos, y que en la dicha tierra seáis obligados a hazer quatro fortalezas a vuestra costa y minsión. Es autorizado a llevar doscientos hombres de Castilla, y ansi mismo con vosotros desde  la isla española, hasta en cumplimiento de seisçientos hombres.

Para llevar a término su elevada posición, el 18 de noviembre de 1509, Nicuesa sale de La Española al mando de cinco naves, que transportaban, entre marinos y hombres de armas, a setecientos castellanos. El padre De Las Casas nos dice que su partida se vio amenazada por un mal presagio, la aparición de un cometa que tenía la forma de una espada, por lo que fueron muchos los que le aconsejaron que no embarcara, porque los cielos le anunciaban desgracias, pero él contesta a los que tan triste destino les anunciaban, que más confianza tenía en la misericordia de Dios que en el poder de las estrellas.

 

Al arribar a Calamar, el actual emplazamiento de Cartagena de Indias, le llegan noticias de que el descubridor coquense Alonso de Ojeda estaba siendo acosado por los indígenas. Inmediatamente envía a buena parte de sus hombres a socorrerle. Su generosa acción se vio recompensada con un buen botín, cuarenta mil pesos de oro que tomaron a los indios derrotados en aquella lid.

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Marineros. Fresco de Vázquez Días. Monasterio de la Rabida.

Continúa su empresa, dirigiéndose al Darién. Una vez allí, Nicuesa decide embarcar en la más pequeña de sus naves para continuar él solo reconociendo el litoral, ordenando a los capitanes de las otras embarcaciones que le siguieran, pero mar afuera. Dobla el cabo Tiburón, pasa por la ensenada de Anachucuna, y cuando acababa de dejar por su popa la punta de Carreto, le sorprende  una muy violenta tempestad con vientos del sur, por lo que se ve obligado a navegar hacia el norte. Los cuatro barcos restantes también son arrastrados por el vendaval, por lo que pronto pierden de vista a su comandante.

Se le echa la mar cuando se encuentra a la altura de la laguna Chiriquí. Allí Nicuesa, al verse solo, y temiendo que el resto de sus naves hubieran sido llevadas al fondo por las enormes olas que les habían sacudido, vira en redondo y se dirige hacia el sur. En su camino se adentra en lo que le parecía la desembocadura de un río, pero cuando permanece fondeado y al bajar la marea, queda la carabela en seco. Lógicamente se escora y, al apoyarse sobre una de sus bandas, las maderas se les comienzan a abrir. Estaba claro que cuando retornara la pleamar el barco se iría al fondo, por lo que se ve obligado a abandonarlo.

 

La situación es angustiosa, con pocos hombres, sin armas, y en tierra de indígenas antropófagos, pocas posibilidades le quedaban de poder alcanzar tierra amiga. Mientras tanto, el piloto que había quedado al frente de las otras cuatro naves, Lope de Olano, hombre ambicioso que cree ver que le ha llegado su oportunidad para conseguir honra y riquezas, sale inerme de la tempestad y decide dejar abandonado a su suerte a Nicuesa.

Los náufragos, alimentándose únicamente de algas marinas y mariscos que recolectaban en las playas que iban atravesando, acosados por los indios, desnudos y casi sin esperanzas, cuando llegan a lugar seguro construyen una balsa con la que pasar a lugar más acogedor. Cuando se hacen a la mar en esta ligera armadía, incapaces de gobernarla, se ven cada vez más lejos de tierra. Cunde la desesperación, el agua potable se les acaba, no tienen nada que llevarse a la boca y todo ello bajo un  tórrido sol.Tantas calamidades provocan que cada mañana aparezcan en la cubierta de la balsa los cuerpos sin vida de algunos de sus compañeros.

 

Al fin un día, cuando ya llevaban muchas jornadas solos, ven aparecer por el horizonte una vela castellana, que los recoge y los lleva a una de las orillas del río Belén, en donde se encontraba el hombre que había decidido dejarlo abandonado. Nicuesa, al verlo, lo detiene y le carga de grilletes, acusándole de haber sido el culpable de las horribles muertes de muchos de sus hombres. Más tarde sube a bordo en una carabela española que lo traslada a Santa María la Antigua del Darién. Una vez aquí, al enterarse de que la gobernación de dicha población la había asumido Vasco Núñez de Balboa y que ésta se encontraba dentro de Castilla del Oro, se enfrenta airado al capitán extremeño. Este lo apresa y lo manda al destierro, embarcándolo en un viejo bergantín.

 

Unos marineros que naufragaron en Cuba dijeron haber visto un letrero grabado en un árbol que decía así: aquí feneció el desdichado Nicuesa.

© 2020 Última actualización: 26-mar-2020

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